La Casa de Carlota nació de una pregunta incómoda dentro del mundo de la publicidad: ¿por qué la diversidad nunca incluía a quienes habían nacido diferentes? Tras años trabajando como director creativo, José María se dio cuenta de que los equipos eran diversos en género o cultura, pero no en condiciones cognitivas. Y, sobre todo, de que ese vacío era una pérdida de talento.
Así surgió la idea de incorporar al estudio a diseñadores con síndrome de Down, autismo u otras discapacidades intelectuales, no como un gesto social, sino como una fuente real de creatividad. “El equipo es más creativo y más rico cuando le metes más cerebros diferentes”, dice Batalla.
Para él, el reto inicial fue sobre todo cultural: muchos veían la discapacidad como algo tierno o terapéutico, no como un valor creativo. Pero al trabajar con marcas como Nestlé, Bimbo, Nike, L’Oréal o Acciona, esa percepción cambió radicalmente.