El paro cardíaco es la principal causa de mortalidad evitable en Francia. Cada año causa 50,000 víctimas. Solo el 5% de las personas que sufren un paro cardíaco sobreviven, ya que es necesario actuar en los primeros 4 minutos, lo que no deja tiempo ni siquiera para que los servicios de emergencia intervengan. Sin embargo, se han instalado numerosos desfibriladores en el espacio público, pero aún no son suficientes para permitir una intervención a tiempo. Además, el 80% de los paros cardíacos ocurren en el hogar de las víctimas.
Es a partir de este diagnóstico que Johann Kalchman tuvo la idea de equipar a los ciudadanos con desfibriladores para democratizar su uso. Lifeaz, un desfibrilador conectado hecho en Francia, pequeño, fácilmente transportable, al alcance de la mano en casa o en la empresa, por unos treinta euros al mes, acompañado de un mantenimiento ultra sofisticado.
"Todo comenzó con una misión que es permitir a cada ciudadano, a cada empresa, ser capaz de salvar una vida en caso de paro cardíaco”, explica Johann Kalchman. “Utilizar un desfibrilador es accesible para todos. No se necesita formación. Hay una voz que nos guía. No se puede equivocar. Pero estar formado permite reconocer un paro cardíaco, tener los buenos reflejos, saber qué se puede hacer y qué no se puede hacer”.
Más allá de la problemática del modelo económico, resuelta con la fórmula de suscripción, el otro desafío que debía abordar Lifeaz es el mantenimiento de los desfibriladores. “Hoy en día, en los lugares públicos, un tercio de ellos no funcionan, por falta de mantenimiento”, precisa Johann Kalchman. “El funcionamiento clásico es que un técnico pasa una vez al año. Con la tecnología, podemos cambiar muchas cosas. Nuestro desfibrilador está conectado, lo seguimos permanentemente, podemos actualizarlo a distancia, recibimos cualquier alerta si hay una batería baja, un problema técnico, y por lo tanto podemos corregirlo”.
Hoy en día, hay 22,000 desfibriladores Lifeaz desplegados en Francia y 92 vidas salvadas. "Actuando rápidamente, podemos cambiarlo todo”, insiste Johann Kalchman. "El tema del paro cardíaco siempre se ha abordado como una política de salud pública y no como una cuestión individual. Se coloca un desfibrilador en una estación porque hay un millón de personas que pasan por allí, pero quienes se encuentran allí tienen más riesgos de que les ocurra en casa o en su empresa. Así que nosotros hemos invertido el funcionamiento. Nos dirigimos a los ciudadanos, quienes podrán cambiar las cosas”.











