En Francia, cerca de 12 millones de personas viven con una discapacidad, de las cuales el 80 % son invisibles. Sin embargo, la accesibilidad sigue siendo percibida demasiado a menudo como una carga regulatoria. “Es el entorno el que crea la situación discapacitante”, recuerda Sylvain Denoncin.
Veinte años después de la ley de 2005, que tenía como objetivo hacer accesibles los establecimientos que reciben al público, el trabajo aún está lejos de estar terminado. Según él, solo la mitad del patrimonio construido sería hoy conforme.
Sin embargo, la accesibilidad no solo beneficia a las personas con discapacidad. Con el envejecimiento de la población, los problemas temporales, los cochecitos o el equipaje, cualquiera puede enfrentarse algún día a dificultades de movilidad. “Uno de cada dos franceses estará afectado por una discapacidad a lo largo de su vida”, subraya Sylvain Denoncin.
Para las empresas, integrar estos desafíos se convierte también en un motor de rendimiento. Los estudios muestran que una mayor diversidad favorece la rentabilidad, mientras que un edificio diseñado según los principios del diseño inclusivo mejora la experiencia tanto de los clientes como de los empleados.
La innovación también abre nuevas perspectivas. Okeenea desarrolla, entre otras cosas, soluciones de guiado en smartphones capaces de acompañar a los usuarios dentro de estaciones, hospitales o campus. Mañana, la inteligencia artificial y las interfaces en lenguaje natural deberían reforzar aún más la autonomía de las personas. “La inteligencia artificial será un acelerador importante de la inclusión”, estima el presidente.
Para Sylvain Denoncin, la accesibilidad no debe ser considerada más como un mercado de nicho o una simple obligación regulatoria. Constituye una inversión al servicio de la seguridad, la autonomía y la calidad de uso, con beneficios que afectan a toda la sociedad.











