Todos estos emprendedores tienen un punto en común: vienen de La Reunión, de Tahití, de Guayana o de Martinica y han desarrollado sus empresas integrando las limitaciones de estos territorios ultramarinos mientras buscan emanciparse de ellas.
Estos empresarios también comparten una característica común: la paciencia, un aliado estratégico, mucho más que en la metrópoli.
Para Marina Royer, que utiliza materias primas guyanesas para hacer cosméticos en su laboratorio Bio Stratège, la distancia geográfica con Europa representa un desafío debido a los plazos de suministro para los diferentes materiales utilizados en la concepción, que en su mayoría provienen de Francia o de Europa.
Para Maiti Rossini y su aplicación Ito Ito, basada en Polinesia, son los financiamientos los que tardaron en llegar. Se necesitaron 17 meses para recibir subvenciones del Estado francés. A modo de comparación, un emprendedor establecido en la metrópoli suele esperar entre 2 y 3 meses.
A pesar de estas limitaciones, el emprendimiento en Ultramar tiene un impacto significativo. Puede aportar cambios rápidos y positivos a las comunidades locales, favoreciendo el desarrollo económico y la creación de empleos, debido al tamaño del territorio, a su menor población en comparación con otros lugares, pero también a los importantes desafíos de desarrollo local. Además, la solidaridad es más fuerte que en la metrópoli, lo que favorece los vínculos.
Anaelle Pony es un ejemplo perfecto. Su aplicación Léon, que valora a través de historias La Reunión, se ha dado a conocer entre los locales, principalmente gracias al boca a boca. Ella misma habla de “Ladilafé”, una expresión criolla que proviene de «él dijo, él hizo» y que significa rumores, chismes, pero que a veces resulta útil cuando se trata de hablar de su aplicación.
Nos encontramos con estos emprendedores gracias a Innovation Outre-mer, gracias a ellos por la invitación.











