En lugar de enseñar a los mayores a usar la tecnología, Coti aspira a que sea la tecnología la que se adapte a ellos. Cuando una persona instala este programa, realiza un breve juego cognitivo que empieza fácil y se pone difícil rápido. A partir de ahí, la inteligencia artificial ajusta toda la interfaz a sus habilidades reales. El resultado es una aplicación con distintos niveles de uso que no discrimina ni al usuario de 90 años que maneja Instagram mejor que nadie, ni al de 70 que nunca ha tenido acceso a la lectura.
El problema que Coti quiere resolver va más allá de la usabilidad. En España hay unos seis millones de mayores excluidos del mundo digital, y esa exclusión tiene consecuencias directas sobre su salud. "La pertenencia a un grupo es una necesidad básica. Si no se sienten útiles, se sienten dependientes y se sienten excluidos, la esperanza de vida disminuye", explica González Adalid. Frente a quienes proponen robots o inteligencia artificial como compañía, el fundador es tajante: "Nadie puede sustituir al hijo, a la hija, al nieto. La tecnología tiene que ser un puente de conexión humana."
Para llegar a sus usuarios, Coti trabaja a través de ayuntamientos, centros de día y trabajadores sociales, que recomiendan la aplicación a quienes tienen dificultades con el WhatsApp o miedo a las estafas. La plataforma funciona por invitaciones, con una red privada donde nadie externo puede contactar al usuario, algo que tranquiliza especialmente a familias y profesionales sanitarios.











