"Robin des moulins nació de un sueño, junto a mi pareja, el de restaurar un antiguo molino, no solo para vivir, sino también para convertirlo en un lugar útil para los habitantes y para el planeta”, expone Aurélie Leclercq. “La idea es, como Robin Hood, ser un lugar generoso con una redistribución de la riqueza a nivel local".
La actividad principal del lugar es la acogida de seminarios en el campo, a 45 minutos de París, fácilmente accesible en tren, lo que ya permite tener una huella de carbono entre las más bajas posibles para llegar allí.
Las empresas vienen a buscar el lado renovador, la calma, como en casa, para reconstruir lazos durante un día o varios. Pero además de las presentaciones y las reuniones, Robin des moulins espera dar a cada uno la posibilidad de reflexionar sobre su impacto, su trayectoria, y tratar de hacer que tenga más sentido, que sea más útil para la vida y para el planeta.
Así, las empresas se ven ofrecidas diferentes formaciones, sobre el carbono y el clima, o sobre la biodiversidad.
Cuando no hay grupo ni seminario, el molino está abierto gratuitamente a quienes tengan curiosidad. “Ya sea parisinos que necesitan naturaleza, o emprendedores locales que carecen de lugares para romper la soledad en nuestro territorio muy rural, y a todos los habitantes que lo deseen”.
Con la idea de crear encuentros, intentar inspirar sobre temas ecológicos, pero sin imponer. Pasando, por ejemplo, por un café de reparación, una propuesta evidentemente ecológica pero que también apelará a la ingeniosidad para ahorrar, reparar en lugar de tirar y comprar. Talleres dirigidos por voluntarios reparadores, haciendo así un llamado a las buenas voluntades locales con la idea siempre de tejer lazos.
“Así que eso es realmente lo que queremos hacer aquí”, insiste Aurélie Leclercq, “proponer un lugar vivo al servicio del territorio”.











